domingo, 22 de julio de 2018

La cultura de la basura y los trabajadores del arte


No es desconocido que el Arte en Chile está en descenso. Sin embargo, cada uno podría dar sus propias razones para estar de acuerdo con esta afirmación. Una de las evidencias, está en la hegemonía cultural imperante, que, aunque presente resistencias, no ha detenido su avance y ya abarca casi el total de los medios masivos, incluso el internet. Lo que vemos a diario es una farándula que profundizó su decadencia, noticieros sin ética ni escrúpulo, el monopolio de Minera Escondida y fundación Andrónico Luksic como financistas de grandes espectáculos masivos y gratuitos, y Fondart, donde postulantes deben adaptar sus propuestas a algo que encaje ojalá con la línea editorial del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.
La producción artística normalmente está ligada a la posibilidad de financiarse, por esa razón, el artista en Chile se ha visto obligado a sobrevivir mediante conformismos, y a transar sus herramientas de trabajo a los intereses de sus mecenas. A veces el artista no demanda siquiera que se le permita hacer fortuna. Modestamente se contenta de que se le permita hacer su obra.” Mariátegui (1925). Hoy en día, todavía el patrón pone las reglas del juego, y el arte y la cultura no escapan de esa relación.

¿Y nosotros?

Al parecer ni en esta ni en la otra. La gradual derrota post 90, hizo que los espacios fundamentales desaparecieran sin penas ni glorias. La mayoría de los artistas ligados a los piños más radicalizados han debido “ampliar el giro” a través de la gestión cultural, consiguiendo infra o levantando actividades con contactos. Muchos se fueron para la casa, donde había más posibilidades de seguir profundizando un discurso, de forma individual, o “apañando” de vez en cuando.
Tenemos una izquierda que se acostumbró a la táctica de la oposición hacia nuestro enemigo más cercano, por lo que tendemos a hacer frente con contrapostales de Violeta Parra para que no nos arrebaten lo único que nos estaba quedando. Y da la impresión de que nos sentimos cómodos en esa postura, apreciamos niveles de sensibilidad que puedan identificarnos, dentro de cualquier propuesta, y abandonamos grados de profundidad artísticos que en su momento marcaron tendencia, y ya no hay crítica de arte para no “chaquetear” el residuo. No podemos tirar abajo lo que va quedando, ni tampoco podemos permitir la cooptación de los nuestros. Pero esa tarea por sí sola parece ser suficiente para ocupar nuestras funciones en el ámbito de la resistencia cultural.

Hacer cultura popular

¿Cómo llevar a cabo una verdadera vanguardia política, si no tenemos la creación, el rupturismo, y las ideas nuevas de nuestro lado?
Muchos compañeros han encontrado asertivamente la respuesta en las raíces, consagrando la cultura indígena y llevándola a la calle en pasacalles y carnavales. Se presentan como un respiro a la invasión colonizadora de la cultura patronal, y va ganando su merecido espacio en las poblaciones, donde siempre ha habido diversidad, que pretende ser allanada. Por lo demás, la calle como escenario es otra ganada en esta confrontación. Pero el enfoque todavía es unidimensional y tenemos más desafíos por delante: La cultura popular, como medio de expresión de los sin voz.
Y aquí, todo es cancha.
En el campamento Nueva Habana, en los 70`, los cabros chicos tenían escenario para festival de imitaciones, al mismo tiempo que obras de teatro de pobladores para pobladores. En los 90, los pasquines populares informaban la propia problemática de la población, sin “extranjerismos”. Hoy día, la palabra autogestión resiste en colectivos que no logran autofinanciarse. Pero tenemos miles de formas de expresión que no están siendo utilizadas, y se nos olvida que el arte surge en sus propias condiciones materiales. Con o sin recursos, podemos crear. Lo que sucede es que el “gusto”, no nos ha distinguido del todo del enemigo, y hay que tener cuidado con eso. Muchos hemos sido cooptados también, ya sea por la burguesía o la academia. Se nota en nuestro lenguaje.

Los desafíos

Hay que luchar contra el status quo, y reírnos de nosotros mismos, crear nuestra propia cultura, de izquierda y popular, hoy. Somos herederos de Mejía Godoy, Galeano, Roque Dalton, Viglietti. Pero también de Lemebel y Andrés Pérez, de las fiestas spándex y la cultura punk, consagración de lo marginal. Con excepciones, todavía hay muchos que se distancian de ese vínculo con “Lo feo”. Nos gusta sentirnos marginales en el puro carrete, o cuando nos conviene, pero en cultura igual marginamos a los marginales. Hay que decirlo, somos conservadores.
El arte debe ser un arma que dispare certera, y si es necesario, a nosotros mismos, y perder el miedo a estar equivocados, consagrar el error. De esta manera, en algún momento podremos apreciar la profundidad de los antagonismos de clase, expresados por sus propios protagonistas: La clase trabajadora.
En todos los espacios, sin miedo a que el sindicato realice dinámicas de educación popular, que terminen en obras de teatro. Si la realidad se expresa ahí, el deber es aprender y crear el espacio, con la mejor de las infraestructuras posibles. Entonces el rol del artista o el gestor cultural pasa por ser un facilitador y perfeccionador de las expresiones populares. Pero también como vanguardia política, falta entender que, para superar la decadencia del arte, debemos sensibilizarnos con lo que nos abrió los ojos en algún momento, y aceptar todas las posibles emociones que esto nos haga sentir, auténticamente.
Para esto, el llamado es a que los estudiantes y trabajadores ligados al mundo del arte y la cultura comiencen a crear insumos, sistematicen experiencias, y consoliden vínculos con las organizaciones sindicales, territoriales o estudiantiles, y hagan valer sus puntos de vista, no sólo mediante la puesta en escena, sino también en asambleas, reuniones, y la autoorganización. A los trabajadores del Arte nos falta experiencia en organización, para al fin dar la pelea contra la cultura del opresor.

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